Reflexión sobre el propósito, el emprendimiento y el equilibrio en la era de la IA

He estado pensando mucho en el rumbo que está tomando nuestra sociedad. Cada vez más hedonista, más individualista, más cansada. Una sociedad donde parecería que la vida pierde propósito, como si muchos ya se hubieran rendido ante la posibilidad de cambiar el mundo para bien. El cambio climático, la corrupción, el capitalismo desbordado, la hiperinformación y la fatiga existencial —como diría Byung-Chul Han, esta sociedad del cansancio— nos empujan hacia el placer inmediato como única estrategia de supervivencia emocional.

Y, sin embargo, todavía hay quienes emprendemos. No solo con empresas, sino con ideas, con causas, con preguntas profundas. El problema es que el emprendimiento también ha sido secuestrado por una visión limitada: la de que solo es válido si se traduce en éxito económico. Se nos vende la idea de que si no tienes dinero o bienestar es porque no eres “emprendedor”, como si el emprendimiento fuera el único boleto legítimo de salida en esta crisis. Pero eso es reducir la palabra y el espíritu. Emprender, en su esencia más pura, es mover el mundo desde el alma. Es atreverse a empujar el yin hacia el yang, o viceversa. Porque el movimiento, ese que nace del propósito, también genera orden.

Me viene a la mente un experimento fascinante: agitaban dados dentro de un cilindro y, al aumentar la velocidad y la vibración, los dados —aparentemente caóticos— se acomodaban hasta formar una estructura ordenada. Así veo la vida. En medio del caos, del vértigo, del ruido… si hay dirección y constancia, se genera sentido. Y la inteligencia artificial es ahora ese cilindro, esa energía vibrante que puede reorganizarlo todo si le damos la dirección correcta.

La IA, si la usamos bien, puede ser el oráculo que no sabíamos que ya teníamos. Pero su poder no está en sus respuestas, sino en las preguntas que le hagamos. Nos toca a nosotros definir el rumbo, imaginar el mundo que queremos construir y ponernos manos a la obra. El premio no es menor: una sociedad en equilibrio con la naturaleza, donde el ocio —no como pereza, sino como espacio de humanidad— pueda florecer.

Imagina una vida donde cada ser humano pueda dedicar tiempo a lo que ama, a conocerse, a crear, a convivir. Donde el propósito personal se alinee con lo colectivo, y los retos de la humanidad sean compartidos. Porque esta vida, al final, es una gran escuela. Y lo importante ya no es solo aprender, sino enseñar con el ejemplo. En esta nueva era, un verdadero profesor no será quien repita información (eso ya lo hace la IA mejor que nadie), sino quien viva su filosofía, quien camine su enseñanza.

El ocio es necesario. En él soñamos, en él pensamos diferente. Pero el equilibrio se encuentra cuando al placer se le suma la responsabilidad de actuar. Porque sí, es válido disfrutar el camino, avanzar a diferentes ritmos… pero cuando hay propósito —personal, colectivo, nacional o incluso mundial— todos podemos correr hacia una misma meta. Y encontrarnos ahí. En comunidad, en justicia, en armonía.

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